Esta historia comienza, como muchas otras, por la necesidad que algunas personas tienen de  colaborar en la creación de un mundo mejor para todos. Esta inquietud ha llevado a un grupo de padres del colegio a crear esta Asociación.

A partir de ahora todos los nombres son ficticios aunque estemos hablando de personas reales, tan reales como sus historias, sus experiencias o su color de piel. Y es así de duro, porque ese color de piel es uno de los obstáculos que se encuentran cuando llegan a nuestro país. El color, el idioma y las costumbres culturales son los tres principales muros que nuestras chicas se encuentran  cuando llegan a España.

Las circunstancias familiares tampoco son fáciles, muchas de ellas son madres y están solas y, si la conciliación es difícil en tu propio país, cuando estás fuera es mucho mayor, pues no hay una red familiar con la que poder contar.

Es el caso de María. María tiene un niño de 10 años que, por suerte, vive de lunes a viernes en lo que llaman cariñosamente “La Casa” y así tiene cubiertas sus necesidades más básicas y su asistencia al colegio. Los fines de semana, María recoge a su niño y viven en un piso compartido a dos horas de aquí.

María además tiene la dificultad añadida  de no tener un DNI español o una tarjeta de residencia por lo que vive con la inquietud de ser parada por la policía y acabar en un calabozo.

María no había trabajado nunca en una casa en lo que llamamos “trabajo doméstico” y no había convivido nunca con una familia española. Pero María tiene ganas de trabajar, de encontrar una estabilidad que le pueda ayudar a conseguir sus papeles y los de su niño y, en un futuro, llegar a aprender a conducir y, como me suele repetir “Que su niño se sienta orgullosa de ella”.

María ha ido aprendiendo cómo se hacen las tareas de la casa y como hay que tratar a la gente en España. Ha sido duro el aprendizaje porque por el camino hemos tenido algún bache, fruto de la diferencia cultural de su país al nuestro y de los años vividos en condiciones de las que ella no quiere hablar escondiéndose de la policía y viviendo en la calle.

Pero María no pierde su sonrisa y cada vez que la llamo para darse un madrugón porque hay unas horas de trabajo en una casa, no pone un gesto torcido ni una mala cara. Cada mañana que viene, pone su mejor sonrisa, aunque delante tenga una pila de camisas de caballero para planchar (que es lo que menos le gusta) y piensa que esa camisa tal vez sea la que le de la oportunidad de quedarse en esa casa planchando cada día.

Por que María ahora está así, haciendo trabajos puntuales que nos ofrecen en algunas casa para que mejore su formación y pueda ir consiguiendo algo de dinero, mientras encontramos esa oferta de trabajo que le ayudaría a tramitar su papeles y dejar de ir con miedo por la calle por no saber si esta será la vez que la policía la detenga y ya no haya otra oportunidad.